El nacimiento de la ciudad (3/7)

Los años siguientes a la despedida de su maestra fueron de exploración y conocimiento del mundo en el que vivía.

Gracias a sus nuevas habilidades arcanas, Darkófenes era capaz de alargar sus años de vida mucho más allá de lo que le correspondía a un humano normal. Supo así que todos sus hermanos habían muerto tiempo atrás, por el paso de los años. Y que los días en los que recorría el mundo, pertenecían a la época de los biznietos de sus familiares fallecidos.

Darkófenes buscaba indicios de cuál sería su reino prometido entre las bastas tierras de los continentes, cuando la noticia de un peligro venido del inframundo llegó a sus oídos.

De viejos pactos con demonios, Darkófenes fue advertido por criaturas del averno que pronto la tierra de los hombres sería conquistada por una fuerza arrolladora venida de la tierra escondida de la luz del sol.

Y así fue como, poco después, la disciplinada, bien organizada y peligrosa raza de los Oscuros, nacidos del manto de la noche perpetua bajo la tierra donde los hombres comunes vivían y morían, reveló su existencia en una guerra a nivel mundial.

Huestes de este peligroso imperio irrumpieron la vida de los hombres para conquistar todo aquello que antaño les pertenecía.

No contentos con gobernar las profundidades del mundo, los Oscuros comenzaron una conquista del continente este, que parecía imparable.

Darkófenes, advirtiendo su llegada como un riesgo para su futuro reino, aún inexistente, tomó parte en la contienda posicionándose del lado de los hombres.

Las batallas comenzaron a sucederse de sur a norte a medida que el arrollador ejército Oscuro arrasaba las tierras que pisaba.

Sin embargo, la oposición no fue menos intimidadora, y de entre aquellos que se opusieron con vehemencia al avance del imperio, Darkófenes destacaba entre los más feroces.

Las noticias de un hechicero que era capaz de devastar batallones enteros se extendían como fuego en un día ventoso.

Alrededor de Darkófenes, comenzaron a congregarse mercenarios, soldados y miembros de la resistencia que se enfrentaron al avance de los conquistadores. Sus victorias llegaron pronto a ser un peligro real para los planes de gobierno del nuevo imperio emergente.

Darkófenes sufrió intentos de asesinato, escaramuzas y emboscadas pensadas exclusivamente para eliminar a aquel peligroso alfil del tablero de juego. Sin embargo, no dieron el fruto deseado.

No fue hasta la llegada de un rival digno de enfrentar al brujo que el peligro, que éste suponía, fue solventado.

En busca y captura de este peligroso insurgente fue enviado uno de los máximos exponentes de la raza Oscura. Bel Manw, quien fuese discípulo directo del mismísimo Narkhabán, el más grande arcanista jamás nacido, fue enviado en busca de Darkófenes para darle caza.

El encuentro entre estos dos titanes de la magia fue descrito por aquellos testigos que lo vieron como un acontecimiento cercano al apocalipsis.

Los conjuros que se desencadenaron en dicha contienda reverberaron en el estanque de la magia durante siglos y sólo, tras muchas horas de arduo combate arcano, un vencedor pudo alzarse victorioso entre las brumas de aquel enfrentamiento.

Bel Manw, el paladín de los Oscuros, hirió de gravedad a su rival haciéndole huir del campo de batalla. Fueron los seguidores de Darkófenes quienes evitaron su trágica muerte, arrastrando su maltrecho cuerpo fuera del alcance del archimago enemigo.

Aunque no con el resultado deseado, Bel Manw regresó a su ejército habiendo cumplido el objetivo de eliminar la amenaza que suponía Darkófenes por lo menos durante un tiempo…

Herido de gravedad, Darkófenes viajó junto a sus leales al norte del continente para reposar, recuperarse y reconstruir su estrategia.

El lugar elegido para asentarse y revertir los efectos de la magia de Bel Manw, fue un desolado paraje a orillas del río Lágrima de Ylses.

Allí pasaron los días, mientras el brujo recuperaba su salud y numerosas noticias de nuevas y brutales batallas se abrían paso hasta los oídos de Darkófenes, quien las analizaba con minuciosidad.

Los días dieron paso a los meses y así a los años. Y cuando Darkófenes pudo por fin recuperarse por completo de aquella apoteósica lucha para incorporarse de nuevo a la refriega, se dio cuenta de una cruda realidad irreversible: La guerra estaba a punto de acabar y ellos la iban a perder.

De la lectura de todos aquellos informes que recibía con asiduidad, sólo podía sacarse la nefasta conclusión de que la conquista global de los Oscuros llegaría tarde o temprano a los confines de todo el continente. Sólo era cuestión de tiempo.

Sin embargo, aquella larga espera no fue en vano, pues Darkófenes, aun en su débil estado, no había permanecido ocioso.

Bajo su tutela y protección, comenzó a forjarse un campamento de resistencia donde eran bien recibidos todos aquellos que pudiesen aportar beneficios para una guerra interminable, que tarde o temprano acabaría llegando al norte.

A su alrededor, creció una pequeña ciudad de comerciantes bélicos, donde acudían todo tipo de razas y culturas para intercambiar conocimiento, enseres e instrumentos para la guerra.

La fama de Darkófenes había crecido tanto en aquellos años, que incluso su derrota ante Bel Manw, se había convertido en una hazaña épica; donde aquel humano había sido capaz de hacer frente y sobrevivir a uno de los discípulos de Narkhabán.

Cuando Darkófenes se quiso dar cuenta, su campamento improvisado se había convertido, con los años, en una extensa ciudad, bien cimentada y organizada bajo su tutela.

Con ayuda de su magia erigió una torre fortificada en el centro de la nueva urbe y declaró que aquella sería su nueva tierra. Su reino.

Había nacido Minarett.

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