Los inicios de los reinos de Ylses (1/7)

En los albores de la creación, cuando los dioses elementales dieron forma al espacio-tiempo entre estallidos de ira y furia incontrolable, fue forjada una joya de incalculable valor.

Envueltos en su rabia, los cuatro dioses primigenios del agua, la tierra, el aire y el fuego crearon la existencia en una batalla de proporciones épicas.

De sus golpes, nacieron mundos y planos de existencia que pasarían a formar parte del aún desconocido multiverso. Millones de veces vieron desgarrados sus pechos los hermanos y a causa de la sangre que brotaba de aquellas heridas, esencia pura de estas divinidades, fue como nació el tesoro de mundo en el que hoy vivimos.

En su vorágine de destrucción mutua, las deidades no supieron apreciar lo que habían creado y, sólo cuando la guerra cesó y en su descanso, descubrieron lo que había eclosionado del derramamiento y la mezcla de sus naturalezas. Se dieron cuenta de que aquella batalla había sido el inicio de la propia existencia.

De entre los inacabables estratos de la creación, el dios elemental de la tierra descubrió una perla única y hermosa que robó y escondió de la vista del resto de sus hermanos.

Oculta entre las capas de la infinita creación fue dejada aquella promesa de futuro esplendente. Cauto, el dios de la tierra dejó que los cuatro elementos con los que se había forjado aquel tesoro, se asentaran para dar forma a la luz y la oscuridad; a los océanos y los continentes.

Milenios fueron necesarios para que aquella obra fuese terminada con la guía de su protector y, cuando lo hizo, su guardián esperó a que de aquel infértil cascarón naciese una obra aún mayor. Pero esto no sucedió.

La tierra lloró porque su esfuerzo había sido en vano. Hasta que sus llantos fueron escuchados.

De aquel titánico enfrentamiento entre los dioses primigenios, también habían nacido seres de energías incomprensibles. Aquellos hijos de la creación, engendrados a partir de fuerzas apoteósicas, serían conocidos como los dioses de mil y una naturalezas diferentes que vigilarían la creación de sus padres primigenios.

Fue uno de estos dioses quien escuchó el desesperanzado llanto de su antecesor.

Ylses, dios cuya naturaleza era fuente de vida, aplacó la tristeza. Y de su toque, nacieron los mortales que hoy pueblan la tierra donde vivimos. Fue así, como de aquel pedazo de tierra estéril pudieron crecer pueblos, reinos e imperios.

Y fue en uno de estos reinos, muchas eras después del primer enfrentamiento entre los dioses del advenimiento de la existencia, donde una ciudad, insignificante e imprescindible al mismo tiempo, albergó los acontecimientos que hoy se desarrollan ante nosotros.

Así es mis pacientes amigos. Aquí, en Minarett, empiezan y acaban nuestras propias batallas.

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